miércoles, 8 de marzo de 2017

El don de devolver en las atenciones recibidas durante mi hospitalización

Recuerdo que en una de las clases del doctorado de medicina el Dr. Fernando Silva Santisteban señalaba que los estudios antropológicos revelaban que en las sociedades arcaicas prevalecía la “Teoría de la Reciprocidad”, basada en tres obligaciones: la del dar, la del recibir y la de devolver, siendo necesario conocer las razones que obligaba a volver a dar después de recibir.

Esto hace del don un acto social total porque implica no solamente acciones, sino también   valores y principios jurídicos que se articulan en torno al acto de dar. Marcel Mauss inspirador de toda una parte de la reflexión sostiene que el don es esencial en la sociedad humana.

Si bien es cierto que al inicio no lograba entender la profundidad del don, luego trataría de encontrarlo en los valores de las personas con quienes uno convive en las organizaciones y que forman la base de la cultura organizacional, porque este concepto ha sido incorporado en las teorías de administración del recurso humano, principalmente ligados al liderazgo.

Es cierto que en la sociedad del dinero la razón económica y la lógica del ahorro nos conducen permanentemente al individualismo, pero podríamos afirmar que la práctica social del don puede permanecer en las acciones cotidianas.

Mi hospitalización bajo el enfoque del don

Hace unos días estuve en condición de paciente en el hospital donde trabajo como médico desde hace algo más de tres décadas. En ese periodo hemos ido construyendo relaciones con los compañeros de trabajo, cuya expresión creo haberla recibido en los días durante los cuales estuve internado.

En tal sentido, debo reconocer que recibí de parte de ellos un trato especial, hasta podríamos decir diferenciado, no obstante que desde el principio decidí seguir todos los pasos que debe hacer un paciente cuando se va a hospitalizar. Así, desde la cola para pagar los exámenes y las interconsultas que en oportunidades significaba hacer dos veces la cola porque faltaba un requisito.

En ningún momento busqué tener una situación de privilegio por mi condición de médico, menos recurrir a la autoridad para que me permitiera algunas concesiones por 2 razones fundamentales:
  1. En primer lugar, porque podría entenderse como una discriminación y una posición asimétrica frente a los otros usuarios de la institución.
  2. En segundo lugar, porque en el argot médico existe la creencia que por ser tal siempre estamos más propensos a que se nos compliquen las operaciones. En realidad creo que eso ocurre porque ante el supuesto que debe darse un trato diferenciado al colega, se salen de sus rutinas y es justamente en ese momento y por esta circunstancia que se deja de hacer las cosas como las hace rutinariamente, casi de memoria, cometiendo el error de querer introducir un detalle u omitirlo, que es justamente la razón por la que ocurre la complicación.
El paciente de la cama 8062

El denominado Sector San Juan del hospital tiene en los pisos de hospitalización 2 tipos de ambientes para los pacientes. Las salas comunes para 6 pacientes y otras para 2 personas.

Cuando fui preparado para ser llevado a sala de operaciones, estaba en la cama 8018, que corresponde a una sala común de seis camas. Sin embargo, al salir de la sala de recuperación anestésica me llevaron a la cama 8063 donde sólo había una cama. No pude identificar la mano invisible que me colocó en un ambiente personalizado, pero todo hacía suponer que obedecía a una disposición de la enfermera del servicio, quien había decidido de propia iniciativa, darme un trato diferenciado.

Es menester a través de este post reconocer la gentileza de las enfermeras, principalmente las licenciadas Ceci e Isabel quienes estaban atentas a cualquier necesidad que pudiera derivarse de mi atenciòn, aunque en general esa es ciertamente una característica de las enfermeras en los diferentes servicios del hospital. Igualmente los técnicos de enfermería, la Lic. Consuelo y los técnicos de nutrición que gentilmente se acercaba ofreciéndome “un poquito más”. Los vigilantes que tenían una consideración especial a los familiares que me acompañaban aun terminada la hora de visita.

El don de devolver

Hago referencia a todas estas bondades recibidas que bien pueden ser enmarcadas en el Don de Recibir como correspondencia a lo que se considera el Don de Dar que he vendido teniendo a lo largo de mi vida institucional.

Por ello es necesario el faltante Don de Devolver, que mínimamente trato de hacerlo con estas notas de reconocimiento a las atenciones recibidas y que son finalmente el reconocimiento personal y de mi familia.

Reconocimiento especial

Mención especial en este agradecimiento debo hacer a los Drs. Kike Ríos Hidalgo y Dante Castro Chávez que encabezaron el staff de cirujanos plásticos que tuvieron a su cargo mi intervención. Igualmente a la Dra. Nancy Gamboa y a mi amiga Pina, una enfermera voluminosa que amenazaba con colocarme un enema aun cuando la intervención quirúrgica no requería este procedimiento, pero que ella insistía señalando que era obligatorio en su Servicio.

Asimismo a la Dra. Haydee Gonzáles quien en la evaluación del riesgo anestesiológico me dejó gratamente impresionado por la manera de incorporar en su evaluación el consentimiento informado, con un estilo que bien merece ser filmado para presentarlo en alguna de las clases que sobre consentimiento informado hacemos en el diplomado de auditoria médica.

Para el anecdotario

Para el anecdotario está lo ocurrido con el anestesiólogo Dr. Tipian, quien ya estando en sala de operaciones se identifica como parte del protocolo de “Cirugía Segura”, pero que cuando ingresa me parece el Dr. Ríos le dice, oye, el paciente también es chinchano. 

Ante esta palabra mágica que abre puertas, el anestesiólogo trata de mostrarme su rostro bajándose la mascarilla y me dice: Dr. Yo también soy chinchano. A caramba, le contesté usted debe ser hijo del Dr. Tipian (un antiguo médico de la provincia). Sí, me responde, a lo que agregó, entonces después de la operación nos comeremos un “manchapecho”, nombre popular como se le conoce a la carapulcra con sopa seca, ese manjar gastronómico que tuviera la bendición de Chinchaycamac el dios tutelar de los chinchas.



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